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Hacer el bien… ¿hace bien?

November 30, 2018

 

Algunos investigadores afirman que el cerebro humano es un gran ahorrador energía, que busca la eficiencia…que es egoísta por naturaleza. Otros estudiosos sostienen que las personas somos solidarias porque “nos genera bienestar” ¿Sería entonces la solidaridad una forma altruista de egoísmo? Pensar de este modo… ¿nos haría más solidarios?

 

Somos perfectamente humanos, perfectamente vulnerables, perfectamente iguales y sin embargo tan diferentes unos de otros. La historia nos enseña que algunos son solidarios por naturaleza y hoy la ciencia nos demuestra que también se puede “aprender” a serlo.

 

En cuanto a aprender conductas, el siglo XXI nos trae la maravillosa posibilidad de contar con las neurociencias. Hoy podemos, de una forma accesible, darle cuerpo y validación científica a prácticas y disciplinas filosóficas que llevábamos adelante de manera empírica desde finales del siglo XX. La psicología cognitiva, el coaching ontológico, la psicología positiva, son sólo algunas de ellas.

 

“Hasta hace apenas un lustro los coaches ontológicos trabajábamos en distintos modelos que aseguraban que si había un cambio de observador, había un cambio en la acción y por lo tanto, en el resultado[…]lo que queremos destacar es que hoy las neurociencias y el concepto de neuroplasticidad nos dan la posibilidad de ver científicamente que el cambio de acciones genera nuevos resultados, y de corroborar lo que los coaches veníamos trabajando desde la intuición y desde la observación en lo empírico”.

 

Otra distinción lograda en el siglo XXI es la diferenciación  entre cerebro y mente y la retroalimentación que se produce entre ambos. En el decir de Estanislao Bachrach el cerebro sería a la mente lo que el hardware es al software, sin embargo y a favor nuestro, este software –nuestra mente- tiene la capacidad de transformar al cerebro, cuestión clave para el aprendizaje.

 

En cuanto a aprendizaje y bienestar, también la psicología ha hecho grandes aportes durante  los dos últimos siglos. Uno de ellos es el giro que la psicología tradicional ha dado hacia la psicología positiva. “Pertenecer a algo más grande que uno mismo es uno de los pasos para el bienestar” es uno de los aportes del psicólogo Martin Seligman, quien logró identificar que las habilidades y recursos que una persona necesita para estar en relativo equilibrio en su vida, no son las mismas que se requieren para desarrollar el máximo potencial de las fortalezas y bienestar.

 

Mihalyi Csikszentmihalyi, también considerado  fundador de la psicología positiva aportó valor en cuanto a la importancia del  fluir en nuestras tareas cotidianas. Sus estudios demuestran que la felicidad no dependería  sólo de momentos grandiosos y según su decir “las personas que dan mucha importancia a los valores materialistas tienden a estar más deprimidas, a tener menos amigos y menos relaciones estables. Son menos curiosas, tienen menos interés por la vida y se aburren más fácilmente”.

 

¿Será entonces que si pudiéramos  “darnos cuenta” que la solidaridad forma parte de la generación de bienestar y gozo, cada vez querríamos ser más las personas solidarias?

¿Sería ésta una forma de capitalizar el egoísmo, transformándolo  en un aspecto útil y de valor para el prójimo?

Tal vez no sea el punto, finalmente cada quien elige. Lo cierto es que quienes estamos comprometidos con hacer el bien,  nos hacemos mucho bien.

 

Podemos decir que la evolución genética humana es más lenta que  la evolución de las tecnologías, los avances científicos y los requerimientos de nuestros tiempos.

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